martes, 24 de febrero de 2015

Las fiestas de los muertos

Si algo he aprendido en todos mis años en la tierra es que las fiestas de los muertos son para el descanso de los vivos.

Euracio y Bonifacio, Martha y Raquel, he estado en el entierro de todos mis hermanos, de sus hijos y de los hijos de sus hijos, el tiempo pasa, la gente perece y yo sigo aquí.

Mi cuerpo hace largo tiempo en polvo se convirtió, antes solía frecuentarlo, me metía dentro de el y trataba de controlarlo como en los antiguos tiempos, pero una vez que el alma se libera no hay forma de regresar.

Por qué mi alma permanece en este mundo, no lo sé, todos los demás desaparecen unos minutos después de muertos, los que más, unas cuantas horas. Siempre que alguien muere puedo hablar con ellos mientras sus almas permanecen aquí y si algo he aprendido en todos mis años en la tierra es que las fiestas de los muertos son para el descanso de los vivos, pues nadie se queda el tiempo suficiente para el entierro de su cuerpo.

Y pese a todo yo sigo aquí, preguntándome si mi estancia es el producto de una bendición o una condena, temiendo que sea solo un error en mis papeles, inmortal por accidente, eterno sin razón, enterrado en un laberinto de tumbas, en una tumba cuyo nombre ni el olvido recordó su nombre borrar.

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